Los contratos de distribución tienen como finalidad establecer una estructura económica integrada que facilite la comercialización de los productos del fabricante en el mercado.

A través de estos contratos, el distribuidor, actuando por cuenta propia, se encarga de implementar en el mercado los productos o servicios del fabricante.

Estos contratos tienen la gran peculiaridad de que no se encuentran regulados específicamente en ninguna normativa nacional ni europea. Realmente, son contratos de duración continuada basados en la confianza que tratan de formalizar la colaboración entre empresarios independientes, en este caso fabricante y distribuidor.

Tras la firma del contrato, el proveedor queda obligado a remitir las mercancías, aplicar descuentos y a procurar que los distribuidores respeten sus zonas de venta. Por su parte, el distribuidor queda obligado a comprar una cantidad mínima de productos, mantener unos determinados niveles de stocks y a promover la venta de los productos así como su publicidad.

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